En un pueblo muy pequeño y donde todos sus
habitantes se conocían, había un señor llamado D. Sebastián y su esposa Mercedes, vivían en una casa
grandísima; la más grande y bonita del pueblo.
Tenían más dinero que todas las
personas del pueblo, pero nunca se las veía reír.
Al lado de ellos vivía una familia muy
humilde, estaba formada por el padre
Juanito, su mujer y sus dos hijas: Irina y Carlota. Eran tan pobres que muchas
noches se iban a la cama sin cenar, pero por la mañana les veías sonrientes y
alegres.
A Sebastián
le molestaba tenerlos al lado ya que para él eran inferiores a ellos, y
todos los días se metían con ellos con verdaderos insultos para que se fueran
de allí. No querían pobretones a su lado.
Un día la pequeña Carlota sin darse cuenta piso en
el jardín de D. Sebastián. Él, al verla,
le tiro una piedra como si fuera un perro y con tan mala suerte que le dio en
la cabeza, la niña cayó al suelo y D. Sebastián no se preocupo de ella, la dejo
allí.
Los padres de la niña la buscaron. Al ver que no venía a casa y ya era muy tarde
avisaron a los vecinos y éstos le
ayudaron a buscarla por los alrededores,
por el rio, por el bosque… pero nada. Al amanecer un chico del pueblo dio un
grito donde todos fueron corriendo, habían encontrado a Carlota, estaba viva
pero muy débil, todas las personas la ayudaron. Todos unidos, ayudaron a sus
padres para que pudieran vivir mejor y otra vez los cuatro juntos eran felices,
pues ahora tenían para cenar todas las noches y lo más importante, tenían
verdaderos amigos, pues sabían que si los necesitaban ellos iban a estar allí.
Lo contrario que D. Sebastián que nadie le volvió a
mirar ni a él ni a su esposa. Por mucho dinero que tuviera ya no iban con la
cabeza tan alta. No tenían amigos. Solo poseían cosas materiales y cada día que
pasaba más tristes y solos estaban
Moraleja:
No es más feliz el que más tiene si no el que menos
necesita.
Jorge Ibáñez 2º A
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